de hagiografías, de enaltecimiento de los reyes o poesía épica que describe gestos heroicos como la Canción de Roldán.
En el siglo XIX, los historiadores se vieron influidos
por el movimiento intelectual positivista concentrándose lo
más posible en los hechos, y despegándose lo más posible de la presencia de un
observador en el análisis y la interpretación de la historia. En la era
victoriana, con Fustel de Coulanges y Theodor Mommsen, el debate
historiográfico ya no residía en si la historia debería influir positivamente
en el lector, sino qué causas influían en la historia y cómo entender el cambio
histórico.
En la modernidad, los filósofos de la historia, como Edward Hallett Carr, consiguen, de cierta forma, reconciliar las posturas filosofías del pasado, es decir, hoy en día se defiende la rigurosidad del método científico al servicio de la historia, de la mano de las llamadas ciencias auxiliares de la historia (como la arqueología, la epigrafía, la cronología, etc.), pero se reconoce también que la historia debe ser analizada dentro de una compleja totalidad, que no es, desde luego, una porción congelada del tiempo en el pasado, sino un movimiento continuo que se extiende hasta el presente, englobando al propio historiador y obligándolo a observarse a sí mismo y asumir que necesariamente influirá, más allá de su deseo, en la reproducción de la historia.
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