John Stuart Mill (1806-1873) se educó en la
escuela utilitarista de Bentham (1748-1832), aunque se alejó del materialismo
hedonista de su maestro. Tuvo una prolongada correspondencia con Comte.
Impresionado por el Cours de Philosophie positive,
escribió su obra capital System of Logic (1843).
Posteriormente fue alejándose de Comte, hasta la ruptura en 1847.
Por lo que se refiere a la teoría del
conocimiento, Mill piensa que la verdad de toda proposición ha de reconducirse
a sus fundamentos de hecho, que se captan en las sensaciones elementales. Opta
por la lógica inductiva, rechazando la lógica aristotélica de la deducción. Los
procesos demostrativos son siempre de un particular a otro, sin poder alcanzar
nunca algo universal que trascienda la experiencia.
Su ética se basa en
el principio de utilidad o principio de máxima felicidad, según el cual las
acciones son buenas en cuanto tienden a promover la felicidad, malas en cuanto
producen infelicidad. Por felicidad entiende placer y ausencia de dolor; por
infelicidad, dolor y privación de placer. Propone que se debe perseguir «la
máxima felicidad posible para el máximo número de personas». De ahí que los
hombres deban cooperar para crear una sociedad justa que elimine los obstáculos
que impiden alcanzar la felicidad. La forma de
organización social no ha de interferir con la libertad personal, pues el
individuo ha de mantener su esfera de autonomía en la búsqueda de la felicidad.
El Estado intervendrá únicamente cuando la libertad individual, usada
irresponsablemente, puede dañar a otros miembros de la sociedad.
Herbert Spencer (1820-1903). Ingeniero y
entusiasta del progreso científico de su tiempo, se dedicó después a temas
político-económicos y a la filosofía. Entre 1852 y 1857, antes de que Darwin
publicase el Origen de las especies, concibió la idea de
la evolución. En 1860 formuló su programa en Sistema de Filosofía
Sintética, que desarrolló en 10 volúmenes siguiendo la clasificación de
las ciencias propuesta por Comte. Spencer supera el carácter biológico de la
evolución presentada por Darwin, haciéndola una ley universal de la realidad en
todos sus planos, aplicándola tanto a lo material como a lo espiritual, al
conocimiento como a la moralidad. Todo está esencialmente en evolución. Por
tanto, la filosofía que quiera reflejar la realidad de la naturaleza no puede
ser más que una teoría de la evolución universal. El evolucionismo spenceriano
fue una de las doctrinas que mayor influencia ejercieron entre 1860 y 1890, no
sólo en Inglaterra sino en el mundo entero.
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