La concepción mítica del tiempo no es lineal, sino
cíclica. Ejemplos son la antigua doctrina del eterno retorno, que existía en el Antiguo Egipto, las religiones dhármicas o, entre los griegos, los pitagóricos y los estoicos. Hesíodo (Los trabajos y
los días) describe cinco edades del hombre: la Edad de Oro, la Edad de
Plata, la Edad de Bronce, la Edad Heroica y la Edad de Hierro, que comienza con
la invasión de los Dorios. Platón también escribe
sobre el mito de la Edad de Oro.
Los antiguos griegos creían en una concepción cíclica de las formas de
gobierno, en las que cada régimen necesariamente cae en su forma corrupta (aristocracia, democracia y monarquía eran los regímenes
sanos; oligarquía, demagogia y tiranía los corruptos).
En Oriente se desarrollaron teorías cíclicas de la
historia en China (teoría del ciclo
dinástico), y en el mundo islámico (Ibn Jaldún).
Judaísmo y cristianismo sustituyeron dichos
mitos por el concepto bíblico de la Caída del Hombre o expulsión del Jardín del
Edén, que proporciona la base de la teodicea, que intenta reconciliar
la existencia del mal en el mundo con la existencia de Dios, creando una
explicación global de la historia con la creencia en una Edad Mesiánica. La
teodicea propone que la historia tiene una dirección de progreso tendente a un fin escatológico (como el Apocalipsis) previsto por un
poder superior. Agustín de Hipona, Tomás de Aquino o Bossuet (Discurso sobre
la historia universal, 1679) formulan tales teodiceas. Leibniz, que acuñó el
término, propuso la suya propia: basó su explicación en el principio de razón suficiente, que proclama que
todo lo que ocurre lo hace por una razón específica. Por tanto, lo que el
hombre ve como mal (guerra, enfermedad, desastres naturales) es sólo un efecto
de su percepción. Si se adopta el punto de vista de Dios, esos malos
acontecimientos forman parte de un plan divino más amplio. La teodicea explica
la necesidad del mal como un elemento relativo que forma parte de un conjunto
mayor: el plan de la historia. El principio de razón suficiente de Leibniz no
es un gesto de fatalismo. Enfrentado al
antiguo problema del futuro contingente, Leibniz desarrolla la teoría de los mundos posibles, distinguiendo dos
tipos de necesidad, para evitar el problema del determinismo.
Durante el Renacimiento las concepciones
cíclicas de la historia se hicieron comunes para explicar la decadencia del Imperio romano. Son ejemplo los Discursos
sobre Tito Livio de Maquiavelo. La noción de
Imperio contiene en sí misma su ascenso y su caída, como explicita Edward Gibbon en Historia del
declive y caída del Imperio romano (1776) (incluido por la Iglesia Católica
en el Índice de libros prohibidos).
Las concepciones
cíclicas se mantuvieron en el siglo XIX y XX por autores como Oswald
Spengler, Nikolay Dnilevsky y Paul
Kennedy, que concebían el pasado humano como una
repetitiva serie de ascensos y caídas. El primero, que escribie tras la Primera Guerra Mundial, creía que una civilización
entra en una era de cesarismo tras la muerte de su
alma. Pensaba que el alma occidental había muerto y que el cesarismo estaba a
punto de comenzar.
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