describe la dirección del progreso como del estamento al contrato: desde un mundo en el que la futura vida de un niño está predeterminada por las circunstancias de su nacimiento, hacia una de movilidad y oportunidades.
La publicación de El Origen de las Especies de Darwin en 1859 puso en el
debate intelectual el concepto de la evolución. Rápidamente fue
trasplantado de su campo original, la biología, al campo social con
las teorías del darwinismo social. Herbert Spencer, que acuñó el
término la supervivencia del más apto o Lewis Henry Morgan en Ancient Society (1877)
desarrollaron teorías evolucionistas independientemente de los trabajos de
Darwin, que fueron más tarde interpretados como darwinismo social. Estas
teorías de evolución no lineal del siglo XIX
proponían que las sociedades comenzaban en un estado primitivo y gradualmente
se convertían en más civilizadas con el tiempo, igualando la cultura y
tecnología de la civilización occidental con el progreso.
Ernst Haeckel formuló su teoría de
la recapitulación en 1867, que proponía que la ontogenia recapitula la
filogenia: la formación embrionaria de cada individuo reproduce la
evolución de la especie. Aplicado a la formación de la persona, un niño pasaría
por todos los pasos desde la sociedad primitiva hasta la sociedad moderna.
Haeckel no apoyaba la teoría darvinista de la selección natural, sino más
bien la lamarckista de la herencia de los caracteres
adquiridos. Para otros, el progreso no es necesariamente positivo. Arthur Gobineau (Ensayo sobre la
desigualdad de las razas humanas, 1853-1855) hace una decadente descripción de
la evolución de la raza aria, que estaría desapareciendo por degeneración. La obra de Gobineau
tuvo una gran popularidad en el autodenominado racismo científico.
Tras la Primera Guerra Mundial, incluso antes de recibir las duras
críticas de Herbert Butterfield, la interpretación wigh de la
historia se había quedado obsoleta. Paul Valéry decía Nosotras,
las civilizaciones, nos sabemos ya mortales. No obstante, la idea de
progreso no desaparece completamente: a finales del siglo XX Francis Fukuyama propuso una noción
similiar (El final de la historia, 1992), concibiendo la democracia liberal
como el fin de la historia, basándose en una lectura kojeviana de la Fenomenología del Espíritu de Hegel. Influyente al
tiempo de su publicación, tras la caída de los regímenes comunistas, los
conflictos internacionales posteriores, entre los que destaca sobre todo el que
se produce entre las culturas islámica y occidental han puesto quizá más de
moda la visión del Choque de Civilizaciones de Samuel Huntington.
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