sábado, 26 de octubre de 2013

Antecedentes inmediatos del positivismo comtiano

  Antes de exponer el pensamiento de Comte, interesa considerar sus precedentes inmediatos, que se encuentran en los movimientos filosófico-culturales dominantes en el siglo XVIII. Esos planteamientos filosóficos influyeron y, a su vez, estuvieron influenciados por los profundos cambios científicos y socio-políticos que acontecieron.
En efecto, en el siglo XVIII aconteció el paso del Antiguo Régimen al Nuevo Régimen, protagonizado por la Revolución francesa. El descontento social, la falta de justicia, y el recuerdo de las guerras de religión prolongadas durante decenios, llevaron a algunos a pensar que el Antiguo Régimen, asentado sobre bases cristianas, carecía de recursos para conducir a la paz y a la justicia. Se veía necesario buscar un nuevo fundamento para la sociedad y renovar las instituciones. Por otra parte, el racionalismo y el empirismo del siglo XVII se continuaron durante el siglo XVIII, acompañados de una creciente exaltación de la ciencia.
Éste es el contexto filosófico-cultural y social en el que surge la Ilustración, que puso en el centro de su cosmovisión la razón científica y una gran confianza en el progreso que derivaría de su  desarrollo. Parecía vislumbrarse un futuro mejor con tal de triunfar sobre las viejas tradiciones, emprendiendo el camino de la ciencia. La idea de progreso es típica del Iluminismo. Los ilustrados esperaban encontrar en el conocimiento científico la instancia más profunda de unidad entre los pueblos y, con ello, la desaparición de las guerras, del egoísmo y del dominio de unos hombres sobre otros, porque todos se unirían en el amor universal por dominar la tierra y la materia con el instrumento de la ciencia, conquistando así la felicidad.
Para la Ilustración, la razón humana queda autorreducida a la razón científica. De ahí que todo fenómeno social o espiritual que la razón no pueda explicar sea, para la Ilustración, un mito o una superstición. Por eso se rechaza la religión revelada y se propone una religión sin misterios, a la medida de la razón (deísmo).
El principio ilustrado de autonomía absoluta de la razón se configuró como un objetivo que había que lograr en todos los ámbitos de la existencia humana. El liberalismo filosófico acogió este ideal de la Ilustración. La ideología liberal aspiraba a crear una vida nueva, una sociedad nueva, considerando que el vivir pleno de todas las libertades produciría un progreso indefinido. A partir del presupuesto básico (una libertad no limitada) y de su desconexión con Dios, el hombre buscaría, a través del método científico, el dominio de la naturaleza, que es lo único que se le presentaba como presumiblemente cognoscible y dominable. La ideología liberal entendió que la organización social vigente hasta el momento, basada en la visión cristiana, había generado injusticias e impedido la vida libre del hombre, causando infelicidad. En cambio, el ejercicio autónomo de la libertad sería la fuente de todos los valores. A lo largo del siglo XX, el liberalismo, de suyo ya un movimiento complejo y polivalente, sufrió una serie de modificaciones, desvinculándose en buena medida de las doctrinas filosóficas que le dieron origen.
Las instancias de la Ilustración y del liberalismo fueron el sustrato ideológico de los cambios de la Revolución francesa, que dispuso, además, del influjo de la masonería para impulsar en toda su profundidad un cambio del concepto de hombre y una crítica de la religión revelada en nombre de la razón.
Mientras la cosmovisión ilustrada encontraba su momento de apogeo, comenzaron a surgir en Europa algunas voces críticas, entre ellas, la del Romanticismo. Fue un movimiento cultural, artístico, literario, filosófico y musical, que se desarrolló y difundió por toda Europa entre los últimos años del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX. Tuvo su primera teorización explícita y su expresión más importante en Alemania, donde evolucionó paralelamente al idealismo.
En Europa crecía progresivamente el desencanto en relación con las esperanzas suscitadas por la Revolución francesa. En particular, el movimiento romántico miraba con desilusión el experimento revolucionario y, en el ámbito teórico, rechazaba la razón científica del iluminismo y la del criticismo kantiano, que habían negado la metafísica y, con ello, la capacidad de comprender la realidad profunda captada por el sentido común. Por eso, los románticos buscaron otras vías de acceso a la realidad del mundo y al Absoluto.

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