sábado, 26 de octubre de 2013

. El positivismo en Italia

En la segunda mitad del siglo XIX, en antítesis con el idealismo alemán y en polémica con el espiritualismo de Rosmini y de Gioberti, se delinea un movimiento de pensamiento que presenta muchas analogías con el positivismo europeo, tanto francés (Comte) como inglés (Spencer), aunque su contenido es muy distinto del europeo, heredero del iluminismo. El positivismo italiano encuentra sus premisas en el naturalismo del Renacimiento (Pomponazzi, Machiavelo, Telesio, historicismo crítico de Giambattista Vico y en el economicismo jurídico y político de Romagnosi.
En Italia se desarrolló un primer positivismo independiente, de fondo social político y de orientación histórica. Sus principales exponentes son: Carlo Cattaneo (1801-1869), considerado el fundador del positivismo italiano y Giuseppe Ferrari (1811-1876). En el campo de la psiquiatría destaca Cesare Lombroso (1836-1909), quien concibe a la delincuencia como una forma de epilepsia psíquica y, en consecuencia, el impulso criminal como algo análogo a una descarga epiléptica, negando la libertad del delincuente.
El representante más notable del positivismo italiano posterior es Roberto Ardigò (1828-1920), que introdujo en Italia el gusto por el método científico en el campo de la cultura. Tiene también el mérito de haber sabido liberar el positivismo del agnosticismo y del mecanicismo de Spencer, para intentar la construcción de un sistema crítico-evolutivo que encuentra sus raíces en la especulación italiana del Humanismo y del Renacimiento. Bajo la influencia de Ardigò se formó entre sus discípulos y adeptos una escuela positivista italiana que tuvo un amplio desarrollo, particularmente en el ámbito de la pedagogía: Giovanni Dandolo (1861-1908), Aristide Gabelli (1830-1891), Andrea Angiulli (1837-1890), Enrico Morselli (1852-1929), J.A. Colozza (1857-1943), Giovanni Marchesini (1868-1931)., Galileo), en el 

El materialismo científico alemán

  introdujo el positivismo materialista como expresión del nuevo espíritu científico. Paralelamente, se desarrolló el materialismo naturalista de Feuerbach y el dialéctico o histórico de Marx, ambos de signo filosófico.
En los años 1840-1870 el materialismo de tipo científico en alianza con el positivismo domina entre los cultivadores de las ciencias, que lo profesan como sistema y lo propagan con energía. Estos autores —Vogt, Moleschott, Büchner— no son destacados filósofos ni importantes científicos, pero contribuyeron eficazmente a difundir las ideas materialistas en Alemania y en el mundo. Carl Vogt (1817-1895) sostiene que los fenómenos psíquicos y las actividades mentales son sólo secreciones del cerebro. Ludwig Büchner (1824-1899) es autor de Fuerza y materia (1855), obra considerada durante mucho tiempo la Biblia del materialismo.
Otro autor influyente es Ernst Haeckel (1834-1919), nacido en Postdam, estudioso de zoología y profesor de la Universidad de Jena. Parte de la teoría darviniana de la evolución y piensa que esta teoría da razón de todos los momentos de la evolución, desde la materia inorgánica hasta el homo sapiens, a través de 22 estadios intermedios. A él se debe la formulación de la ley biogenética fundamental: “la ontogenia es una recapitulación de la filogenia”; es decir que desde el embrión hasta la edad adulta se reproducen las fases del proceso con el que se ha formado la entera especie o phylum. Es sabido que para dar una demostración de la la ontogénesis como compendio o repetición de la filogénesis realizó retoques en las fotografías de los embriones animales, de manera que fuesen una progresiva preparación del embrión humano. Haeckel es el principal exponente del monismo materialista en simbiosis con el evolucionismo.
No faltaron en Alemania voces que se opusieron al monismo materialista y al cientificismo radical, también entre los científicos. Quizá la más notable fue la de Emil Du Bois-Reymond (1818-1896), nacido en Berlín, profesor de fisiología y secretario de la Academia de las Ciencias. Reconocía el valor de la ciencia, pero criticó el cientificismo. En su obra Los siete enigmas del mundo afirmó que existen siete problemas que la ciencia no podrá resolver nunca: 1) el origen de la materia y de la fuerza; 2) el origen del movimiento: 3) el origen de la vida; 4) el orden finalístico de la naturaleza; 5) el origen de la sensibilidad y de la conciencia; 6) el origen del pensamiento y del lenguaje; 7) el problema de la libertad y del querer. Reconocía a la ciencia, pero criticó el cientificismo.

. El positivismo inglés

El positivismo en Inglaterra presenta notas peculiares que lo diferencian del positivismo de Comte. Puede considerarse más bien una evolución ulterior de la propia tradición empirista, tan arraigada en el espíritu inglés desde Bacon, Locke y Hume, que se caracterizapor el predominio de los problemas éticos y que desembocó en el utilitarismo y, finalmente, en el pragmatismo. Se caracteriza también por el interés por las cuestiones de lógica y por su derivación hacia las teorías evolucionistas. Los dos autores quizá más destacados son Stuart Mill y Spencer.
John Stuart Mill (1806-1873) se educó en la escuela utilitarista de Bentham (1748-1832), aunque se alejó del materialismo hedonista de su maestro. Tuvo una prolongada correspondencia con Comte. Impresionado por el Cours de Philosophie positive, escribió su obra capital System of Logic (1843). Posteriormente fue alejándose de Comte, hasta la ruptura en 1847.
Por lo que se refiere a la teoría del conocimiento, Mill piensa que la verdad de toda proposición ha de reconducirse a sus fundamentos de hecho, que se captan en las sensaciones elementales. Opta por la lógica inductiva, rechazando la lógica aristotélica de la deducción. Los procesos demostrativos son siempre de un particular a otro, sin poder alcanzar nunca algo universal que trascienda la experiencia.
Su ética se basa en el principio de utilidad o principio de máxima felicidad, según el cual las acciones son buenas en cuanto tienden a promover la felicidad, malas en cuanto producen infelicidad. Por felicidad entiende placer y ausencia de dolor; por infelicidad, dolor y privación de placer. Propone que se debe perseguir «la máxima felicidad posible para el máximo número de personas». De ahí que los hombres deban cooperar para crear una sociedad justa que elimine los obstáculos que impiden  alcanzar la felicidad. La forma de organización social no ha de interferir con la libertad personal, pues el individuo ha de mantener su esfera de autonomía en la búsqueda de la felicidad. El Estado intervendrá únicamente cuando la libertad individual, usada irresponsablemente, puede dañar a otros miembros de la sociedad.
Herbert Spencer (1820-1903). Ingeniero y entusiasta del progreso científico de su tiempo, se dedicó después a temas político-económicos y a la filosofía. Entre 1852 y 1857, antes de que Darwin publicase el Origen de las especies, concibió la idea de la evolución. En 1860 formuló su programa en Sistema de Filosofía Sintética, que desarrolló en 10 volúmenes siguiendo la clasificación de las ciencias propuesta por Comte. Spencer supera el carácter biológico de la evolución presentada por Darwin, haciéndola una ley universal de la realidad en todos sus planos, aplicándola tanto a lo material como a lo espiritual, al conocimiento como a la moralidad. Todo está esencialmente en evolución. Por tanto, la filosofía que quiera reflejar la realidad de la naturaleza no puede ser más que una teoría de la evolución universal. El evolucionismo spenceriano fue una de las doctrinas que mayor influencia ejercieron entre 1860 y 1890, no sólo en Inglaterra sino en el mundo entero.

Continuidad del positivismo

Se mencionan a continuación, muy a grandes rasgos, las figuras y orientaciones principales del positivismo en diversos países de Europa y América durante el siglo XIX y comienzos del XX, para terminar con unas consideraciones sobre algunos elementos del mismo que persisten en la actualidad.

4.1. Difusión del positivismo en Europa y América

4.1.1. El positivismo en Francia

El positivismo comtiano tuvo continuidad en Francia durante el siglo XIX y comienzos del XX a través de figuras como Littré, Laffitte, Taine y Renan.
Emile Littré (1801-1881) hizo estudios de medicina y trabajó luego como escritor. Fue nombrado académico de Francia y desde 1871 se dedicó a la vida política, siendo nombrado senador ad vitam. Se considera el más importante discípulo francés de Comte, aunque no admitió las teorías religiosas de su maestro. En su obra más importante, Auguste Comte et la philosophie positive (1863), sostiene que la verdadera filosofía de Comte es la “científica”, expuesta en el Cours de philosophie positive, y no la “religiosa” descrita en el Sistème de politique positive. En 1867, Littré fundó la revista «La philosophie Occidentale», órgano importante de difusión del positivismo. Logró tener gran influencia en la cultura, orientando el trabajo de científicos y la crítica histórica y estética.
Pierre Laffitte (1825-1903) fue profesor de Historia de la ciencia en el Collège de France. Adhirió al positivismo de Comte en 1844, transformándose en el más comtiano de los positivistas. Nunca abandonó a su maestro, ni siquiera cuando empezó a desarrollar la religión positivista. Poco antes de la muerte, Comte lo nombró su sucesor y “gran sacerdote”. Laffitte no elaboró un pensamiento propio, pero hizo un resumen excelente y bien sistematizado de la filosofía comtiana, dedicando su esfuerzo a comentar, difundir, y defender la doctrina de su maestro. Influyó en algunos autores —Miguel Lemos, Gabino Barreda— que extendieron el positivismo en América latina.
Hippolyte Taine (1823-1893). De formación católica que después repudió, fue profesor en l’École des Beaux-Arts de París y académico de Francia. Intentó aplicar los principios y el método positivista al arte, a la literatura y a las ciencias históricas. Trató de explicar la obra de  arte exclusivamente como producto de las condiciones ambientales, históricas y psicológicas de su autor, negando toda creatividad del espíritu. Más en general, consideró toda la vida humana -el comportamiento moral, las actividades intelectuales-, como expresiones de un mecanismo regulado sólo por leyes naturales. Para él, la percepción y el pensamiento no son más que una vibración de las células cerebrales, una “danza de moléculas” [Taine 1944: I, 244-245]. Finalmente sostuvo una concepción panteísta y determinista de la entera realidad.
Joseph-Ernest Renan (1823-1892). De familia católica, se ordenó sacerdote, pero desde 1845 se alejó de la fe religiosa, que juzgó incompatible con una visión científica de la realidad. Es conocida su crítica de la historia del cristianismo. Piensa que la única forma de conocimiento válido es la ciencia (ciencias de la naturaleza y filología, entendida como ciencia histórica). Intentó aplicar el método positivista al estudio de la historia bíblica, dando una explicación naturalista de Cristo y del cristianismo. En su obra más famosa, Vida de Jesús (1862), primer volumen de una Historia de los orígenes del cristianismo, sostiene que Jesús no era Dios sino sólo un hombre, aunque de grandeza incomparable. Para Renan, como para Comte, las creencias de las religiones positivas, son fábulas mitologías o dogmas, que pertenecen al estadio primitivo que está llamado a desaparecer y ser sustituido por la ciencia crítica. «Vendrá un día en que la humanidad ya no creerá, sino que tendrá ciencia (…), porque la ciencia es la única manera de conocer; y si las religiones han podido ejercer una saludable  influencia sobre la marcha de la humanidad, es únicamente por lo que había en ellas mezclado de ciencia» [Renan 1890: 228-229].
Más allá de los autores concretos, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, en los ambientes universitarios de la Sorbona, dominaba una filosofía materialista y positivista que Raïssa Maritain describe con viveza en Les grandes amitiés, y Jacques Maritain, de un modo más reflexivo y analítico en Antimoderne.

El positivismo comtiano

La variedad fe actitudes y de planteamientos que se acaban de describir, constituyen el humus en el que nace el positivismo comtiano. Su contexto es primordialmente el enciclopédico, con una extremada valoración de la ciencia y con grandes preocupaciones de reforma social.
Auguste Comte (1798-1857) nació en Montpellier. Estudió en L’École Polytecnique de París, prestando particular atención a las Matemáticas. Posteriormente trabajó como secretario y colaborador de Saint-Simon, con el que completó su formación científica y filosófica. Comenzó a tomar forma entonces en él la idea de una reconstrucción moral e intelectual de la sociedad, por medio de la ciencia y de la técnica. En 1822 escribió el Plan des travaux scientifiques nécessaires pour réorganiser la societé, obra que se reeditó de nuevo con el título de Système de politique positive. Comenzó a dar clases a un grupo de discípulos, actividad que hubo de interrumpir en varias ocasiones debido a crisis nerviosas. Fruto de estas lecciones es el Cours de philosophie positive, del que publicará posteriormente un sumario con el título de Discours sur l’esprit positif.
El encuentro con Clotilde de Vaux en 1845 inauguró una nueva etapa de su pensamiento en la que imprime un carácter religioso a su filosofía, desarrollando el proyecto de una nueva religión. La última fase del pensamiento de Comte está expuesta en el Discours sur l’ensemble du positivisme (1848) y, sobre todo, en el Système de politique positive ou Traité de sociologie instituant la religion de l’Humanité (1851-1854).
Toda su doctrina se apoya en la conocida ley de los tres estadios, según la cual, el desarrollo humano individual, la historia y la evolución de cada uno de los saberes atraviesa necesariamente tres estadios: el teológico o ficticio, el metafísico o abstracto y el científico o positivo.
El primer estadio responde a la necesidad de dar una explicación a los eventos y fenómenos. Inicialmente, el hombre atribuyó el curso de los fenómenos a la acción de causas trascendentes. En el estadio metafísico, se sustituyen las causas trascendentes por entidades y esencias, inmanentes a los fenómenos y abstractas. Finalmente, llega el estadio positivo, en el que se abandona la pretensión de lograr una explicación última de la naturaleza, para atenerse a los hechos y a la formulación de las leyes que los coordinan. Comte afirma explícitamente que la teología sirvió como punto de apoyo para el esfuerzo humano de comprender, y como programa inicial de la praxis que llevará progresivamente a lo largo de la historia, hacia el dominio científico-tecnológico de la naturaleza. Es segundo estadio es, en realidad, transitorio, mero puente de paso hacia el estadio científico-positivo, que es el definitivo [Comte 1973: lec 1]. Una vez que la humanidad ha alcanzado este último estadio, la religión y la metafísica tradicionales pierden cualquier valor cognoscitivo, y quedan sustituidas totalmente en esta función por la ciencia, aunque la religión continúa existiendo para satisfacer una exigencia puramente sentimental.

Antecedentes inmediatos del positivismo comtiano

  Antes de exponer el pensamiento de Comte, interesa considerar sus precedentes inmediatos, que se encuentran en los movimientos filosófico-culturales dominantes en el siglo XVIII. Esos planteamientos filosóficos influyeron y, a su vez, estuvieron influenciados por los profundos cambios científicos y socio-políticos que acontecieron.
En efecto, en el siglo XVIII aconteció el paso del Antiguo Régimen al Nuevo Régimen, protagonizado por la Revolución francesa. El descontento social, la falta de justicia, y el recuerdo de las guerras de religión prolongadas durante decenios, llevaron a algunos a pensar que el Antiguo Régimen, asentado sobre bases cristianas, carecía de recursos para conducir a la paz y a la justicia. Se veía necesario buscar un nuevo fundamento para la sociedad y renovar las instituciones. Por otra parte, el racionalismo y el empirismo del siglo XVII se continuaron durante el siglo XVIII, acompañados de una creciente exaltación de la ciencia.
Éste es el contexto filosófico-cultural y social en el que surge la Ilustración, que puso en el centro de su cosmovisión la razón científica y una gran confianza en el progreso que derivaría de su  desarrollo. Parecía vislumbrarse un futuro mejor con tal de triunfar sobre las viejas tradiciones, emprendiendo el camino de la ciencia. La idea de progreso es típica del Iluminismo. Los ilustrados esperaban encontrar en el conocimiento científico la instancia más profunda de unidad entre los pueblos y, con ello, la desaparición de las guerras, del egoísmo y del dominio de unos hombres sobre otros, porque todos se unirían en el amor universal por dominar la tierra y la materia con el instrumento de la ciencia, conquistando así la felicidad.
Para la Ilustración, la razón humana queda autorreducida a la razón científica. De ahí que todo fenómeno social o espiritual que la razón no pueda explicar sea, para la Ilustración, un mito o una superstición. Por eso se rechaza la religión revelada y se propone una religión sin misterios, a la medida de la razón (deísmo).
El principio ilustrado de autonomía absoluta de la razón se configuró como un objetivo que había que lograr en todos los ámbitos de la existencia humana. El liberalismo filosófico acogió este ideal de la Ilustración. La ideología liberal aspiraba a crear una vida nueva, una sociedad nueva, considerando que el vivir pleno de todas las libertades produciría un progreso indefinido. A partir del presupuesto básico (una libertad no limitada) y de su desconexión con Dios, el hombre buscaría, a través del método científico, el dominio de la naturaleza, que es lo único que se le presentaba como presumiblemente cognoscible y dominable. La ideología liberal entendió que la organización social vigente hasta el momento, basada en la visión cristiana, había generado injusticias e impedido la vida libre del hombre, causando infelicidad. En cambio, el ejercicio autónomo de la libertad sería la fuente de todos los valores. A lo largo del siglo XX, el liberalismo, de suyo ya un movimiento complejo y polivalente, sufrió una serie de modificaciones, desvinculándose en buena medida de las doctrinas filosóficas que le dieron origen.
Las instancias de la Ilustración y del liberalismo fueron el sustrato ideológico de los cambios de la Revolución francesa, que dispuso, además, del influjo de la masonería para impulsar en toda su profundidad un cambio del concepto de hombre y una crítica de la religión revelada en nombre de la razón.
Mientras la cosmovisión ilustrada encontraba su momento de apogeo, comenzaron a surgir en Europa algunas voces críticas, entre ellas, la del Romanticismo. Fue un movimiento cultural, artístico, literario, filosófico y musical, que se desarrolló y difundió por toda Europa entre los últimos años del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX. Tuvo su primera teorización explícita y su expresión más importante en Alemania, donde evolucionó paralelamente al idealismo.
En Europa crecía progresivamente el desencanto en relación con las esperanzas suscitadas por la Revolución francesa. En particular, el movimiento romántico miraba con desilusión el experimento revolucionario y, en el ámbito teórico, rechazaba la razón científica del iluminismo y la del criticismo kantiano, que habían negado la metafísica y, con ello, la capacidad de comprender la realidad profunda captada por el sentido común. Por eso, los románticos buscaron otras vías de acceso a la realidad del mundo y al Absoluto.

Características generales

Con el término “positivismo” se suele indicar una corriente de pensamiento de carácter filosófico-cultural, dominante en Europa durante buena parte del siglo XIX, particularmente en Francia, Inglaterra, Alemania e Italia. El movimiento alcanzó también Estados Unidos y América latina. Debe su nombre a Saint-Simon —que lo usó por primera vez en el Cathéchisme des industriels, publicado en 1823—, pero fue precisado y popularizado, sobre todo, por Auguste Comte (1798-1857), que es considerado el padre del positivismo.
El término “positivo” tiene distintas acepciones. Significa lo que tiene su origen en un acto institucional, divino o humano, que ha sido establecido; se opone, por tanto, a natural, estable o eterno y, en este sentido, se habla, por ejemplo, de derecho positivo, o de religión positiva. Según otra acepción, que sigue más de cerca la etimología (positum = “lo dado”, “el dato”), significa lo dado en la experiencia y, en consecuencia, lo directamente accesible a todos. Comte asume este segundo significado: para él, positivo indica, sobre todo, lo que es “real” (opuesto a ficticio o abstracto, o quimérico), lo observable, lo que puede controlarse experimentalmente, de manera que se sustrae a toda duda, es decir, lo “cierto”. En una tercera acepción, positivo significa también “fecundo”, “eficaz”, “útil”. Este significado es aceptado también por Comte: positivo es lo útil, lo utilizable en beneficio del hombre, sobre todo, a través del dominio de la naturaleza. Finalmente, para el fundador del positivismo, el término positivo incluye el significado de “orgánico”, es decir, aquello que se puede relacionar en un conjunto dotado de unidad, de sistematicidad.
Suelen distinguirse el positivismo científico y el filosófico. El primero sería un modo de entender la ciencia, que se limita a afirmar que el conocimiento científico debe atenerse exclusivamente a los “hechos” o fenómenos observables, a su descripción y a la formulación de las leyes que los relacionan. Esta modalidad del positivismo no niega la metafísica, al menos explícitamente. El positivismo filosófico, en cambio, niega a priori la metafísica, al considerar que los hechos empíricos puros son la única base del conocimiento, vanificando la pretensión de ir más allá de lo empírico.
«Todo lo que no es estrictamente reducible al simple enunciado de un hecho particular o general, no puede tener ningún sentido real o inteligible» [Comte 1965: 54].
Esta versión se centra principalmente en la doctrina de Comte, que marca el inicio de lo que propiamente se entiende por positivismo: el sistema que considera objeto de conocimiento únicamente los hechos de experiencia y sus  conexiones; se debe abandonar, por tanto, la pretensión ilusoria de alcanzar la realidad en su esencia y en sus causas reales. El objeto de la ciencia no será ya la investigación de la causa, sino la determinación de las leyes invariables a las que están sometidas las realidades naturales. El positivismo limita el saber al estudio matemático de los fenómenos sensibles [Comte 1973: 188-189].
Por otra parte, el conocimiento de las leyes no tiene otro sentido que hacer posible la previsión racional de los hechos futuros, permitiendo el dominio sobre las cosas: conocer para prever y dominar. El propio Comte hace notar la filiación baconiana de estas ideas, al recordar la identificación que estableció el filósofo inglés entre ciencia y poder (scientia et potentia in unum coincidunt). La especulación positiva no pretende ser contemplación de la verdad, visión de las cosas, sino posesión de la ley de sucesión de los fenómenos para dominar el curso de los acontecimientos naturales. El único valor de la ciencia consiste, entonces, en proporcionar la base teórica para la acción del hombre sobre las cosas. En el positivismo, el conocimiento científico ha quedado reducido a técnica, a instrumento de poder [Comte 1973: 76-77].
Comte entendió la nueva ciencia como la forma más prometedora de acceso a la realidad y como la mejor apuesta a favor del progreso humano. Su capacidad de previsión la convertía en instrumento perfecto para el dominio racional del universo y de la sociedad. El positivismo llegó al extremo de ver en la ciencia un sustitutivo de la filosofía y de la religión, un saber absoluto, capaz de resolver todos los  problemas y de liberar de todas las miserias humanas: la ciencia venía a ser la religión de los tiempos modernos.